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EDUCAR MENTE Y CORAZÓN.

“Educar la mente sin educar el corazón, no es educación en absoluto”. Aristóteles.

Hemos planteado que la educación es el acto de amor mediante el cual se generan encantos sobre una narrativa bien puntual que sirva de transformación a lo que se hace a diario. Creando vínculos con otros para que su efecto llegue a todos por igual.

Así también concebimos que la educación es colectiva y la formación es particular, individual.

Y en la medida que ambas se tomen de las manos en su pedagogía, se fusionan de manera tan conjunta como para señalar que el hombre en ese proceso, se torna silente en sus aprendizajes. Queriendo quizás expresar que en solitario procesa, cultiva, motiva, transforma y comparte el conocimiento. Que en esta última expresión vuelve a ser bien de la sociedad.

Aristóteles deja caminos para que el hombre en su construcción de modelos, aprecie que los sentimientos son la forma en la cual nos percatamos de las necesidades, de aquellas cosas que requiere para trascender en sus relaciones con otros.

Surge así la relación entre el hombre y otro hasta constituir sociedad. Sea esta empresa, religión, partido, sindicato, escuela, universidad, gremio, taller, teatro, cultura, etc.

En cualquiera de esas instancias el individuo actúa por señales que emite su propio ser. Representado en los órganos que concebimos como ilustradores de éstas. Donde se diseñan los caminos a transitar en la vida. Mente y Corazón, adquieren el sitial de orfebres desde donde nace todo el accionar para poder dar rienda suelta a los sentimientos. Reflejados a través del mimo, caricia, encanto, ilusiones, tertulias, convicciones, llanto, risa, beso, gemido, etc.

Los entornos formativos bien sean presenciales o virtuales, deben conceder primacía sobre la literatura del cuido, mantenimiento, preservación, asistencia, de ambos órganos en vigilia permanente ante las acciones de quien los lleva adheridos en el alma, cual si fuese el niño a quien la madre amamanta.

Así les conocemos frágiles como el llanto, débiles como la flor, cariñosos como el delfín, entusiastas como los niños detrás del balón… y al mismo tiempo fuertes como el pico del carpintero, arquitectos como el pájaro al diseñar su nido, potentes como el colibrí en la fuerza de su vuelo, orquestales como el canto del río en su cuesta abajo, cristalinos como el manantial, bravíos como el mar en la tormenta…

Educar al corazón desde la mente y viceversa, nos lleva a pensar que desde el vientre es necesario una relación estrecha entre ambos a partir de cada latido para interpretar sus mensajes. De comportamiento parecido al columpio en el parque; donde al subir las emociones, estos fluyen por el torrente sanguíneo, expresando un cambio en la actividad que se realiza.  Y al bajar, las presiones son otras y con estas los rostros adquieren diversas facetas, que sin duda ayudan al individuo a conocerse.

¿Comenzar a contar nuestros latidos? De eso se trata, para buscar una relación estrecha parecida a la que sostenemos con nuestro sistema digestivo.

¿Acaso no es cierto que envía señales indicando exceso o necesidad de nutrientes? ¿Sentimos malestar cuando tenemos hambre? ¿Cómo detenernos ante el mensaje emitido para ir al baño? ¿Podemos detener ese acto? La corriente indica que es una orden taxativa, impositiva. Necesaria. Nada ni nadie la puede contener.

Al punto, de conocer por mensaje que se aproxima el acto final. Y así ocurre. En igual medida, mente y corazón envían mensajes. Que constituyen órdenes para actuar con los sentimientos.

Un ejemplo lo conforman las circunstancias del entorno cuando acudimos a la escuela por primera vez, y debemos despedirnos de nuestros padres o familiares. Los latidos se aceleran y el corazón se porta de una manera tal que quiere saltar del pecho y salir por la boca.

Como no puede, sentimos angustia, aparece el llanto, el fluido nasal, carraspeo en la garganta, enrojecimiento de nariz, pómulos, orejas y ojos. Generando un dantesco cuadro de rechazo a todo. Queriendo sólo tener al lado a quienes consideramos esenciales.

Mente y corazón hablando y aun así no les escuchamos en sus mensajes. Pero como se torna imposible contar los latidos, resulta más fácil conocer y estudiar al órgano bajo sus propios argumentos.

Hagamos todo para mirarnos como a un sistema. Trabajando con los elementos que disponemos para valorar que en el acto de educar somos integrales. Queriendo afirmar que toda la información va a la mente y en igual medida al corazón. El cual se resiente cuando a sabiendas de lo que ocurre, se pretende ignorarle. Sin que esto ocurra, al tener sentidos y sensores que le nutren como para tener todo en control.

Sus buenos aliados están en la práctica deportiva, caminar, sonreír, cantar, bailar, escribir, conversar, pintar, comer sano, tocar un instrumento musical, escuchar música, dejarse llevar por los buenos instintos…

Se resienten con el estrés, bebidas alcohólicas, fumar, sedentarismo, los malos pensamientos: soledad, ira, rencor, rabia, discusiones, peleas, sobresaltos, etc.

Como la naturaleza es un encanto que tenemos a la mano, tengamos presente que respirar el ambiente va acorde con las técnicas de relación corpórea más recomendadas por especialistas.

En tal sentido, hablemos con el corazón pensando en la estrecha relación que existe con cuerpo y mente. Este trípode es esencial para que todo proceso educativo esté en concordancia de una convivencia natural, armoniosa y de Felicidad.

 

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Autor: Eknow

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